Yo no hablo. Tan solo dejo que me hablen. Permito que ese barboteo de magma y palabras incandescentes broten y llenen mi torrente del color de lo que apasiona.
Yo no hablo, tan solo dejo que me lleve aquello que brota, que dirige, que gobierna y avanza, hasta simas que no se abarcan. Desde un lugar recóndito al que no tengo acceso, del que no se el camino al que no puedo llegar si quiero hacerlo.
Tan solo si me dejo hacer, tan solo si no hablo... me hablan.
Si tienes la fortuna de perderte en la mirada de un niño hoy, podrás quizás llevarte adherida a los zapatos, parte de la ilusión que sus ojos derraman.
Solo es necesario que aquel día en que dejaste su mundo, para pasar al tuyo, tuvieras la precaución de dejar una rendija abierta.
Y con la confianza de ese niño que aun habita en ti, podrás acoger aquello que no escribiste.
Sabrás tener el corazón a la espera de lo imprevisible.
Ser capaz de dejar al asombro que alcance lo más profundo que habitas Que cree allí, el goce de lo que el otro es en si mismo. Y la admiración por lo minúsculo y el respeto a aquello inaccesible que le da forma.
Tener la capacidad de dar alas es otorgar algo sobre la libertad. Tener la generosidad de ver y creer es hacer posible la utopía de engendrar.
No importa si lo que separa es algo traslucido o lo árido de la estepa. Mientras haya un latido unísono en busca de lo bello, de lo imperceptible, de lo efímero y profundo.
Mientras silencio y música, puedan palpitar en un vuelo inaprensible y por eso mismo, amado.
Añoro esas palabras que se deslizaban rápido entre tu respiración y la mía bocetando emociones, fundando pensamientos, erigiendo mundos construidos en un lugar inaccesible.
Añoro ese esfuerzo de cavar más abajo, más profundo, más hondo, para depositar en mi boca partes de mí antes no mostradas. Para recolectar en mis manos los trozos de ti que dejabas caer.
Añoro los viajes a tus rincones de infancia, a mi gente de antes, a las cicatrices encubiertas que se escapan por los ojos. Viajes al sabor de otro en los labios, a lo común, y a lo añejo. Esos viajes a lo desconocido de mí para ti, a lo anónimo de ti para mí.
Añoro las no palabras. Ese mapa de silencios fáciles que describe con fluidez un universo. Y esa tormenta, que impulsa y arrastra, y te extenúa.