La mano llena de cenizas
y en el cielo esa danza que hipnotiza
(...) Niño, perdóname por todo el daño que te he infligido, por lo que he acabado haciendo con tu vida. Perdóname por no haberte escuchado más, Rocamadour de mi novela, caballito de cartón, por no haber pasado más tiempo contigo. Miro esta foto y por primera vez en mi vida creo que te veo de verdad. No eres sólo yo, es decir, eres yo pero te me vas de dentro, te deslizas de la cárcel sucia de mi limitada identidad y pasas a ser un niño, sin más, ahí fuera, merecedor de toda la dulzura, de mucho amor, incluso del amor mío que es pobre ahora y un poco gris y que muchas veces acaba por manchar las cosas aunque yo no lo quiera. Si te viese desde fuera del todo querría protegerte, besarte, nadie iba a poder hacerte nada malo estando yo cerca. No sé por qué la cordura me dice que no puedo tener esos sentimientos sólo porque seas yo cuando era pequeño, no comprendo hoy el porqué de ese pudor extraño que debería sentir al quererte y de repente no siento quizá porque me deslizo ya por una rampa que no sé dónde me dejará caer, en medio de qué oleaje o de qué silencio terrible. Te contemplo y sé que podría llegar a amarte como a nadie. Por ningún ser podría haber hecho tanto como por ti, viviendo como he vivido dentro de tu piel, llevando el timón, sobre el papel al menos, de los pasos que calzas en esos zapatos de charol con hebilla en el costado que ahora dan un poco de risa. Podría haberte guiado como un Ángel de la Guarda, defendido tu risa y tu inocencia y las cuatro esquinitas de todas tus camas; y, sin embargo, a ningún otro ser arruiné la vida de semejante manera. Te pareces mucho a uno de mis hijos cuando tenía tu edad. Sois casi iguales. Por él habría dado la vida y lo seguiría haciendo y a ti apenas te he dado nada: estos pulmones negros, en todo caso, amores desgraciados y noches de terror; un hígado para el arrastre, unos pocos amigos pero siempre el mismo nudo rondando tan cerca de la garganta y todo ese peso que conoces con el que cargué tu espalda. Miro hoy mis rodillas, mis manos, y me cuesta trabajo pensar que son las mismas que las de la foto, los mismos ojos, las mismas piernas que te sostenían a ti. Apenas puedo creer que siga vivo. Es decir, sé que sigo vivo pero no lo entiendo (...)